BUSCAR

Miércoles, 12 Mayo 2010 23:50

Silvia Barella: Quellón

Escrito por Silvia Barella
Valora este artículo
(0 votos)

A  Marta  Barros

La estación se estremecía anunciando la llegada del tren. Este, majestuoso, fue aminorando velocidad, hasta que la inmensa mole de acero quedó detenida, vomitando grandes cantidades de humo y vapor.

 

La gente corría anhelante y ansiosa mirando hacia las ventanillas. Los brazos y besos estaban apretujados de lágrimas. Es el tren que viene desde Puerto Montt, uno de los primeros que normalizó su recorrido habitual después del terremoto y maremoto recién pasado.

Un hombre se mezcló en el gentío. Llevaba los ojos vacíos como si sus pupilas hubieran quedado trizadas y dispersas en otra parte. En la puerta de la estación se detiene indeciso. Maquinalmente encendió un cigarrillo.

Una luna flaca era lo único que ofrecía la oscura noche. Hacía frío.

El hombre, caminando con lentitud, se dirigió a la Alameda y se sentó en uno de los primeros escaños. Antes que se consumiera totalmente el cigarrillo, encendió otro en el pucho que ya quemaba sus dedos. Miró el reloj. Aún faltaban algunas horas para reintegrarse a su trabajo, o sea, a las seis debía tener el libro firmado y estar listo en el volante para iniciar el primer recorrido. Se levantó del banco, y con las manos en los bolsillos y el cigarrillo colgando de sus labios, siguió caminando. Sus pasos apenas se sentían en la soledad de la noche. Caminaba, caminaba, como si su único fin fuera caminar. Varios borrachos pasaron cantando. Una mujerzuela se le acercó, lo tomó del brazo y algo susurró sonriéndole. El hombre no desvió la mirada del suelo y la rechazó con brusquedad; su andar se hizo más rápido. Entró a un café, la gente charlaba y reía. Había muy poca luz y mucho humo.
Se quedó parado mirando un calendario que estaba en la pared.

¡Nada!, ¡nada!, repitió. Qué palabra tan corta y qué inmenso su terrible significado. Qué vacío más enorme. ¡Nada! Salió del local.

Llegó mucho antes de la hora en la que debía hacerse cargo del microbús. Fumaba sin cesar, mientras desde la garita veía rasgarse las tinieblas antes del amanecer.

--- 0 ---

— ¿Va por Ahumada?
— ¿Llega a la Estación Mapocho?

El hombre guía con la vista fija. Una tupida llovizna cae y el limpia parabrisas, con su monótono tic - tic - tic, lo aprisiona, marcando el tiempo, que ya para él no tiene ninguna importancia.

A través del húmedo cristal le ríen los ojos de sus dos pequeños, la joven boca de su mujer le dice palabras tiernas, llenas de amor. ¡Tenían aún tanto que decirse! En su frente las tibias manos de su madre. Su hermanita corta flores y corre, juega; todos ríen, tic, tic, tic. La lluvia cae cae sobre sus ojos, sobre sus manos. ¿Por qué la naturaleza, que está impregnada de Dios, pudo hundir bajo la tierra y el mar la casita que levantaron sus manos? ¿Por qué no estaría él allá? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que vivir para recordar que ya nada existe? Aprieta el volante entre sus manos, mira por el espejo: en el primer asiento, dos muchachas, obreras de alguna fábrica, conversan y ríen entre grandes bostezos. Más allá una mujer con dos pequeños, uno de ellos entre sus brazos, muy arropado en un gran chal, probablemente lo lleva a algún dispensario; el otro, con sus ojitos llenos de sueño, apoya su cabeza en las rodillas de la mujer. Y esa viejita. ¿Qué haría tan temprano? ¡Ah! claro, la primera misa. ¿Por qué toda esa gente hablaba, reía? ¿Por qué tenia el don del movimiento, el don maravilloso de reír? Y él tenía que llevarlos, llevar sus alegrías, dejarlos en sus casas, donde siempre hay alguien que espera. Pero, ¿qué culpa tenían ellos? Si supieran que estuvo diez días buscando a los suyos, que destrozó sus dedos arañando la tierra; la tierra que él amaba, la tierra que cultivó con sus sueños; esa tierra dulce que acariciaba los piececitos de sus hijos, esa tierra donde su mujer hizo nacer flores de múltiples colores, y donde su madre tenía un pequeño huerto... Si supiera esa gente tantas cosas bellas que ya no tenía.

La lluvia se intensifica. Recuerda el negro y crespo cabello de sus pequeños, y parece envolverle el olor a perritos nuevos que emanaban sus cabezas, cuando su mujer se las lavaba en las claras mañanas de sol.
Recordó la mirada triste del más pequeño, una vez que le dio una palmada en sus piernecitas morenas...

Quellón, Quellón, Quellón. Apretó con rebeldía el volante y su pie se hundió con fuerza en el acelerador, la calle reluciente se incrustó en sus ojos. El rugir de las olas lo abaten. Y como tronchado por un golpe invisible, cae su cabeza sobre el volante. El ruido estruendoso de fierros y vidrios rotos no detiene la lluvia, ni las risas, ni el andar de la gente.

Las ocho de la mañana. Seis médicos, seguidos de enfermeras y practicantes, hacen la primera visita a la Sala San José. Se detienen, examinan, preguntan y recetan.

— Doctor, el enfermo de la cama cinco pasó muy mala noche.

En la cama cinco, un hombre joven, envuelta su cabeza en vendas, débilmente respira. Los médicos se reúnen a su alrededor. Uno de ellos toma el pulso. El hombre hace un leve movimiento con la cabeza, abre los ojos y lentamente vuelve a cerrarlos.

— Creo está fuera de peligro, dice el médico más viejo; pero si lo hubieran visto ayer cuando lo trajeron... Lo he-tenido que armar de nuevo. La operación duró casi tres horas y ya lleva dos transfusiones de sangre.

— ¿Atropello?
— No. Según su ficha, ayer a las seis y cuarto de la madrugada se estrelló contra unos árboles en la Gran Avenida. Por suerte, no llevaba pasajeros, iba fuera de servicio. ¡Pobre hombre! Seguramente no me agradecerá que la haya salvado la vida. Ayer tarde vino una hermana a verlo y entre sollozos me contó que su hermano hacía pocos meses que estaba trabajando en Santiago, lo mismo que ella, estaban buscando casa y muy pronto se reunirían todos...

Las voces se fueron perdiendo... El sol se metió por los grandes ventanales de la sala. De un lugar cercano llegó el canto de un pájaro.

Visto 575 veces Modificado por última vez en Martes, 19 Abril 2016 00:50