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Miércoles, 12 Mayo 2010 20:53

Silvia Barella: El Ascensorista

Escrito por Silvia Barella
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A Elena de Prado

Buenos días, señorita Ester. — ¿Cómo sigue el niño, señor González? — ¿En qué departamento está el señor Pérez?

 

— ¿Piso?
3—5—7—9.

Juan sonríe a través de los bigotes amarillentos por la nicotina. Sus ojos siguen con cariño a cada empleado que va llegando.

La señorita Elena no ha venido hoy a trabajar, seguramente otra vez el hígado.

— Juanito, ¿tienes que me prestes unos escudos?
19.15 horas. Se van los últimos empleados. El ascensor enmudece.

Juan se encamina a su hogar, es decir, a su pequeño cuarto. Atraviesa un patio y una larga hilera de habitaciones. Al fondo de la gran casa, cerca de la casucha del perro, está su pieza. Introduce la mano por el vidrio roto, y como siempre, se raspa los dedos en el clavo que hace tanto tiempo está por sacar. Se dirige a la mesa y llena un vaso con vino, lo bebe con ansias. Hace tanto frío. Su oído se estira para escuchar el canto del grillo, que todas las noches le da la bienvenida y lo acompaña en su soledad.

Muchos años atrás empezó a trabajar en la empresa como ascensorista. Después, "si te portas bien te ascenderemos..." y claro que subió. Lo hacía todos los días, a excepción de los Domingos, hasta el noveno piso.

—Señora Clara, ¿cómo sigue la niña?

La señora Clara estuvo una semana sin ir a la oficina. Se murió su hijita. Qué triste se veía con el traje negro. Ese día ni siquiera lo saludó. Pasó con la vista fija en algo distante. Hubiera querido decirle simplemente: "Siento tanto". La miró perderse por el largo corredor.

¿Piso?

Entró una muchacha. Alta, bella, de hermosos ojos negros.

— ¿Estará el señor Pérez?

— Salió, señorita. ¿Desea dejarle algún encargo?

— No, no gracias.

Juan no comprendía estas cosas. El señor Pérez es casado, y esta niña es tan joven, tan linda.

— Juan, cuando bajes dile a Pedro que vaya a mi oficina.

— Sí señor, sí señor, sí señor.
Semanas, meses, años.

— Don Roberto, perdone que lo moleste, ¿cómo sigue la señorita Elena?, ¿la operaron? ¡Oh!, ¿es grave? ¿Se le podría visitar? pobrecita.

— Juan, ¿tendrás el sábado un tiempito libre para que me hagas unas cartillas?

— Si señor. El domingo pasado yo jugué sus mismos caballos, le erramos por uno. Puede que ahora tenga más suerte y de pasadita yo también.

— Señor Guzmán. UD. perdone. Yo quisiera, es decir... ¿Cuánto hay que dar para la corona de la señorita Elena? Yo también...

— No te preocupes mi ¡viejo. La corona se mandó a nombre de los empleados de la oficina.

— Noveno piso.

El hombre miró estúpidamente, y su mano, cual garra, se crispó en la copa. La llevó a sus labios y bebió febril; dejó escurrir hasta las últimas gotas. Desde el fondo de ella un pequeño ojo le sonrió. Luego empezó a crecer, vertiginosamente lo cercó, oprimiéndole hasta hacerlo sollozar. La copa cayó de sus manos y millares de ojos lo cercaron. Hundió la cabeza entre sus brazos y su espalda se agitó en forma convulsa.

El garzón se le acercó y tomándolo de los hombros lo sacudió violentamente.

— Váyase, amigo. Vamos a cerrar.

Juan se levantó. Sus ojos enrojecidos por el alcohol, o quizás por las lágrimas, miraron al mozo extrañado.

— Perdón, disculpe.  Ya me voy.

Tambaleante abandonó el bar.

Al llegar a su pieza se tiró sobre la cama. Las murallas danzan. Escucha, sonríe.

— Perdón, hermano grillo, estoy tan borracho que olvidé saludarte. ¿Tú siempre cantas aunque tengas pena, o es acaso que cantas para alegrar tu soledad? Anoche te conté que murió la señorita Elena, me sonreía siempre y me decía palabras cariñosas; yo la quería mucho, era casi una niña cuando empezó a trabajar en la empresa. Grillo amigo, sigue cantando, quiero dormirme oyendo tu voz.

Juan se levanta temprano. Es tanta la costumbre que ni aún el domingo aprovecha un poco más el calor de la cama. Saca el traje azul, lo cepilla mucho, está tan gastado. Asiste a misa. Después, como todos los domingos, va donde el almacenero y hace la pregunta habitual: "Disculpe que lo moleste Don Pedro, ¿le quedaría pancito añejo? UD- sabe, las palomas me esperan". El almacenero, que lo conoce tanto tiempo, sonríe bonachón y se dirige a buscar lo pedido. Qué agradables y dulces son esos momentos, rodeado de palomas y de las ingenuas preguntas de los niños. ¿Abuelo, son suyas las palomas? El siempre sonríe.

Juan es feliz. Sentado en el escaño preferido, rodeado de sus avecitas, entre los gritos y el lugar de los pequeños transcurre la mañana.

Al llegar a su pieza, sobre la mesa encuentra una carta. Se le iluminan los ojos. Con manos temblorosas la abre. Sus labios se mueven dulcemente: "Querido papá... qué orgulloso se siente. Su hijo. El muchacho es todo un caballero. Estudia en la Universidad Técnica de Santiago y pronto se recibirá. La educación de su hijo le ha significado muchos sacrificios, incluso este invierno no se ha podido comprar abrigo; pero eso no es nada... su hijo será lo que él no pudo ser. Dobla la carta, la oprime entre sus manos. Evoca la figura del muchacho. Sus esporádicas visitas lo hacen tan dichoso. Se ha ganado una beca para perfeccionar sus estudios en los Estados Unidos. "Cuando regrese padre me instalaré y todo mi trabajo será para ti". El viejo sonríe al recuerdo de esas palabras. Aprieta la carta. Del cajón del velador saca una caja de cartón. Dentro de ella hay muchas cosas lejanas: un cadejo de cabello castaño, dos dientecitos, fotografías, papeles. La carta pasa a incrementar los recuerdos. Al cerrar la caja sus manos quedan acariciadoras sobre ella. Cierra los ojos así puede ver mejor.

Monótona transcurre la tarde. Ordena el baúl, lava su ropa, pega algunos botones, hasta que las sombras empiezan a envolverlo, igual que todos los domingos, desde hace tantos años. Después de comer se sienta en la cama. Toma la vieja y raída Biblia, sólo alcanzó a leer algunas líneas, sus ojos están muy cansados. "Mañana compraré una ampolleta", piensa. Duran tan poco. Se queda mirando las formas extrañas que hace la luz de la vela sobre la muralla. Con pereza empieza a desvestirse. Qué fría está la cama. Fricciona lentamente uno contra otro sus pies, tratando de darse calor. Apoya la cabeza en la almohada. El grillo canta. El viejo sonríe...

El tiempo pasa.

Juan envejece.

Podría jubilar, pero ¿cómo va a dejar ese ascensor que constituye parte de su pequeño mundo? Sus únicas alegrías son él y las cartas que le envía su hijo desde los EE.UU. ¡Con qué orgullo muestra a todos esos sellos tan bonitos! ¡Su hijo! Qué bien describe esas ciudades tan lejanas, los grandes edificios, la Universidad, los amigos. Sólo falta un año para el regreso. Cuánto se demora en transcurrir el tiempo.

— ¿Piso?
3—5—7—9.

— ¡Ah!, tenemos nuevo ascensorista.

— Sí señor, hace tres días que empecé a trabajar. Dice el jefe que si me porto bien, ascenderé. Yo estoy muy contento, lo mismo mi madre, ella...

— Calla, muchacho, calla. Para en el séptimo piso. Y Juan, ¿está enfermo?

— ¿Juan?, ¡ah!, ¿el viejo? Se murió ayer señor.

— Séptimo.

Visto 830 veces Modificado por última vez en Martes, 19 Abril 2016 00:51