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Sábado, 24 Enero 2015 13:49

Pedro Lemebel: cuando la vida es la obra.

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Conocí a Pedro Lemebel en el Castillo Francés, ese bar histórico de la Plaza Italia... nos sentamos por casualidad en la misma mesa, estaba Pancho Casas. [Era el tiempo en que Pedro escribió su ahora famoso "Manifiesto"]. Una de esas noches en las que nos preparábamos para un carrete intenso, cargándonos unos gramos de alcohol en el cuerpo, para luego ir a deambular por bares públicos y fiestas privadas, en el trasmano de la ciudad, la ciudad invisible a los ojos de la formalidad, la ciudad amordazada y vigilada por el gris milico. 

Conocí a Pedro Lemebel en el Castillo Francés, ese bar histórico de la Plaza Italia... nos sentamos por casualidad en la misma mesa, estaba Pancho Casas. [Era el tiempo en que Pedro escribió su ahora famoso "Manifiesto"]. Una de esas noches en las que nos preparábamos para un carrete intenso, cargándonos unos gramos de alcohol en el cuerpo, para luego ir a deambular por bares públicos y fiestas privadas, en el trasmano de la ciudad, la ciudad invisible a los ojos de la formalidad, la ciudad amordazada y vigilada por el gris milico. No puedo negar que ambos, Pedro y Pancho, en ese entonces una par de potrancas del apocalipsis, me miraron como gato mirando la carnicería. Y no era para menos, ya que en ese entonces mi estilo machote escultural era de gusto inter-sexual. Luego de un par de tragos y un par de insinuaciones de mi intransable heterosexualidad, todos los de la mesa nos pusimos en igualdad de condiciones: vividores eternos de la noche indefinida. Y salimos a encontrar las aventuras nocturnas, con Lemebel haciendo payasadas colipatas en cada esquina, que lejos de desentonar, le daban un aire transgresor y rebelde a nuestro andar, desafiando el "monopolio de la risa" que la Dictadura había impuesto, ejerciendo ciudadanía bohemia y doblemente disruptiva por nuestra condición de revolucionarios, y en ese momento, por el aire gay festivo que todos quisimos acompañar. Cuando Bolaño decía que Lemebel era el mejor poeta chileno, sin haber escrito un poema, creo que se refiere a que la poesía de Lemebel era su propio actuar en el mundo. El acto performativo en tiempo real, de cada día, de cada gesto, de cada batalla. Su obra fue su vida, si acaso esto no es una condición para los verdaderos artistas. Pasaron muchos años y veo a Lemebel en la Factoría de la Universidad ARCIS presentando el libro "Adiós mariquita linda". Estaba más lleno que cuando estuvo Tony Negri. Ovacionado por mil. Lemebel, bohemio de barrios coliza ya había logrado trascender su condición de niño de pobla, de cara de chulo, de artista sin apellido, sin familia que lo catapultara, sin contactos colegiales para apoyar su "carrera". Lemebel se hizo "a mano y sin permiso", y lo único que le faltó fue tiempo para decir lo que aún tenía por decir, como le ocurre a la gente que hace de su vida su obra, siempre inacabada. Ahora, en esta precisa mañana, los amigos acompañan sus restos en un cementerio que seguramente tendrá un olor y un color distinto, porque Pedro se va, se va a transgredir el cielo y el infierno, ó a donde se le pare el culo.

 

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